Foto:Adaptación de la obra para teatro en Nueva York, por Candice Burridge, David Zen Mansley and Jon Vomit

Foto:Adaptación de la obra para teatro en Nueva York, por Candice Burridge, David Zen Mansley and Jon Vomit

Edgar Allan Poe, escritor, poeta, crítico y novelista estadounidense, nació hace 204 años, en Boston el 19 de Enero de 1809 y falleció en Baltimore en 1849. Fue reconocido como uno de los maestros del relato corto, y renovador de la novela gótica. Sus cuentos de terror forman parte de la obra de este importante escritor.

El sistema del Dr. Tarr y el Profesor Fether– es un relato humorístico, publicado por primera vez en el periódico Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine, en el mes de noviembre de 1845.  Pertenece a la serie de relatos grotescos de Poe. Esta obra ha sido adaptada para cine, ópera y teatro.

Narra la historia del señor Milliard, director de un manicomio, quien se había inventado un método innovador para curar la locura de las personas. El narrador llega a este sitio y el mismo director lo invita a pasar. En este manicomio los pacientes tenían la libertad de acceder a todos partes y hacer las cosas rutinarias de las  personas cuerda . Milliard convenció al visitante de quedarse a cenar con 30 invitados, quienes al principio parecían normales, pero luego mostraron su lado oscuro oscuro, después de unos cuantos tragos.  Durante el transcurso de la cena este se dió cuenta de que estaba rodeado de locos, incluyendo al director. Algunas escenas que transcurrieron durante el banquete, antes de que la policía llegara a controlar la situación. Buen Provecho

“ -No puedo permitirle que vea a mis pacientes -dijo-en este momento. Para un espíritu sensible son siempre más o menos impresionantes tales cosas, y no quiero quitarle el apetito para la cena. Cenará usted con nosotros. Puedo darle ternera á la Menehoult, con coliflores en salsa velouté, y después una copa de Clos de Vougeát; así tendrá sus nervios lo suficientemente firmes.

A las seis anunciaron la cena, y mi anfitrión me condujo a una amplia sala, donde se hallaba reunido un numeroso grupo, unas veinticinco o treinta personas en total.

…La mesa estaba soberbiamente puesta. Se hallaba cargada de platos, y más aún de golosinas. La profusión era realmente bárbara. Había viandas suficientes para saciar a los gigantes. Jamás en mi vida había presenciado yo tanta prodigalidad, un derroche tal de cosas gratas. Sin embargo, había muy poco gusto en la disposición; y mis ojos, acostumbrados a las luces suaves, se sentían, lastimosamente heridos por el prodigioso fulgor de la multitud de bujías que, en candelabros de plata, estaban colocadas sobre la mesa y alrededor de toda la habitación, en cualquier parte que era posible hallar un sitio. Varios criados diligentes se encargaban del servicio; y, sobre una amplia mesa, al fondo de la estancia, estaban sentados siete u ocho músicos con violines, pífanos, trombones y un tambor. A intervalos, durante la comida, aquellos individuos me atormentaron mucho con una infinita variedad de ruidos, que intentaban ser música y que parecían proporcionar gran complacencia a los presentes, salvo a mí.

…-Permítame, -dijo entonces Monsieur Maillard dirigiéndose a mí-, permítame que le sirva un trozo de esta ternera á la St. Menhoult; la encontrará muy tierna. En aquel instante, tres criados robustos habían logrado depositar sin novedad, sobre la mesa, una enorme fuente o trinchero que contenía lo que supuse era el horrendo monstruo.

Pero mediante un examen minucioso me aseguré de que se trataba tan sólo de una ternerilla asada entera y colocada de rodillas con una manzana en su boca, según la costumbre inglesa de guisar una liebre.

-No, gracias-respondí-; a decir verdad, no siento una predilección especial por la ternera a la St.., ¿Que cómo es eso? Pues no creo que me siente bien. Preferiría cambiar de plato y probar el conejo.

Había varias fuentes a los lados de las mesas que contenían lo que parecía ser un simple conejo a la francesa, un pedazo muy delicioso, que me permito recomendar.

-Pierre-gritó mi anfitrión-, cambia el plato de este señor y dale una tajada de ese conejo al gato. ¿Cómo?- pregunté.

-De ese conejo. -Bueno…, se lo agradezco… Pensándolo mejor, no me apetece. Me serviré yo mismo una loncha de jamón.

No sabe uno nunca lo que come, pensé para mí, en la mesa de estas gentes provincianas. No quiero probar su conejo al gato, ni cosa parecida, así como tampoco su gato al conejo.

-También-dijo un personaje de aspecto cadavérico, que estaba sentado a los pies de la mesa, reanudando el hilo de la conversación en el punto en que se había interrumpido-, también tuvimos, entre otros, un paciente que se le había metido entre ceja y ceja que era un queso de Córdoba. Andaba, con un cuchillo en la mano, invitando a sus amigos a que probasen un trocito de la mitad de su pierna.

-Era un perfecto tonto, sin duda-interrumpió otro invitado-; pero no puede compararse con cierto individuo a quien todos conocemos, excepto este señor forastero. Me refiero al hombre que se creía una botella de champaña, y que siempre estaba haciendo ¡pum! y ¡fiss!…

Y aquí el narrador, muy bruscamente a mi juicio, puso su pulgar derecho en la mejilla izquierda, lo apartó produciendo un ruido semejante al descorche de una botella, y luego, con un hábil movimiento de la lengua contra los dientes, emitió un agudo silbido, que duró varios minutos, imitado el espumoso burbujeo del champaña. Noté claramente que esta conducta no era muy del agrado de Monsieur Maillard; pero éste no dijo nada, y la conversación se reanudó por un hombrecillo muy flaco, con una gran peluca.

… -También-dijo otro de los comensales-había un Pulgarcito, que creía ser una pizca de rapé y que se sentía realmente apesadumbrado porque no podía cogerse a sí mismo entre su índice y su pulgar.

-Y también estaba Jules Desouliéres, que era un genio muy singular, y a quien volvió loco la idea de ser una calabaza. Perseguía al cocinero para que le cortase en trocitos y rellenase con él empanadas, cosa que el cocinero, indignado, se negaba a hacer. Por mi parte, no tengo la seguridad de que una empanada de calabaza ¿la Desouliéres no hubiera resultado realmente un plato magnífico.

A todo esto, sobre la mesa del banquete, entre las botellas y las copas, saltaba el señor a quien, con mucho trabajo, se le había impedido hacerlo antes. Tan pronto como estuvo cómodamente instalado, comenzó un discurso que, sin duda alguna, sería muy importante, de haberse podido oír. En el mismo instante, el hombre con vocación de perinola comenzó a girar alrededor de la estancia, con una inmensa energía, estirando los brazos en ángulo recto con su cuerpo, dé tal modo que parecía una auténtica perinola, derribando todo lo que encontraba a su paso. Luego, al oír un increíble descorche y burbujeo de champaña, descubrí, al fin, que provenía del individuo que había representado durante la cena el papel de botella de esta exquisita bebida. ”

 

poe